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Eres más que un TCA. Cree en ti y actúa.


El trastorno alimentario (TCA) llegó a tu vida. Tienes un trastorno pero no eres un trastorno. Un TCA es siempre tratable. Es algo que puede cambiar y desaparecer. No es una característica inmutable. Cada uno nace con un determinado color de piel, pelo y ojos que nos define a lo largo de nuestra vida. Pero un TCA por mucho que afecte a todas las áreas de tu vida, no tiene por qué estar siempre contigo. Y lo que es más importante no tienes que identificarte con él, sino que puedes construir una identidad nueva sin él. 


Sin duda un TCA puede dejar secuelas en tu cuerpo (ej., osteoporosis), tus relaciones (ej., amistades perdidas) o tu profesión (ej., estudios incompletos), pero esto no significa que no puedas recuperarte y vivir una vida plena. Cuando a una persona le sobreviene un cáncer, ¿le llamamos “canceroso”? No, simplemente es una persona que tiene un cáncer pero por ello no pierde su identidad personal. Es una persona con una enfermedad que requiere un tratamiento y ayuda para curarse. ¿Por qué los trastornos o enfermedades mentales no se perciben igual? Uno de los problemas está en el estigma social porque cuando uno recibe un diagnóstico psiquiátrico recibe también una etiqueta con multitud de prejuicios, creencias y estereotipos. Esto ocurre también con los TCA: poner a alguien la etiqueta de “anoréxica” o “bulímica” no es neutro, sino que está cargado de connotaciones tanto para el afectado como para la población general. Aquí juegan un papel importante las atribuciones de la gente ya que todavía existe demasiada incomprensión y mitos sobre los TCA. Algunos de ellos son persistentes como que los TCA son cosa de niñas obsesionadas con su imagen, que lo hacen para llamar la atención de su entorno,  que son personas débiles de carácter o incluso que son elecciones personales de estilo de vida. 

Me apena comprobar cómo esos falsos mitos perviven en nuestra sociedad. Cuando me diagnosticaron anorexia nerviosa con 13 años en 1993, los TCA eran los grandes desconocidos. En esa época no existía Internet (¡así de mayor soy!), por lo que la gente se informaba a través de medios de comunicación masivos como la televisión o la prensa escrita. Recuerdo cómo la anorexia se representaba entonces como un trastorno psicológico que afectaba a las adolescentes blancas de clase media o alta, perfeccionistas, hijas modélicas, buenas estudiantes y con deseo de parecerse a las modelos de pasarela. Hoy en día sabemos que no existe un perfil único de persona con TCA, que se puede presentar en personas de todos los géneros, etnias, niveles económicos, tamaños y pesos corporales. De hecho, un TCA se puede desarrollar en cualquier persona que tenga los factores genéticos de riesgo y reciba las influencias ambientales de riesgo. Sin embargo, la población mantiene los prototipos de “anoréxica” o “bulímica” en su imaginario colectivo. Lo que es un grave problema ya que retrasa el diagnóstico y por tanto el tratamiento para muchas personas que no se ajustan a dichos prototipos. Y lo que es peor, esos prototipos existen aún en manuales y cursos con los que se forman muchos profesionales sanitarios.

Para despejar toda duda, los TCA no se eligen. Son enfermedades mentales con una base genética que se pueden dispararan por múltiples factores sociales, culturales, personales, familiares y/o biológicos, y que producen efectos multi-sistémicos en el organismo (ej., endocrinos, óseos, cardiológicos, gastrointestinales, neurológicos). 

Más allá de diagnósticos y pronósticos
Hay muchas personas con TCA o relación problemática con la comida o el cuerpo que no han recibido ni recibirán jamás un diagnóstico, bien por no buscar ayuda profesional o no existir ésta o bien por no ceñirse a una de las categorías diagnósticas de los TCA. Los profesionales sanitarios suelen utilizar el DSM (manual diagnóstico de las enfermedades mentales) para diagnosticar los TCA. En la última edición del DSM, se reconocen los siguientes trastornos de alimentación: anorexia, bulimia, trastorno por atracón y trastorno de alimentación evitativo/restrictivo. Un primer inconveniente es que hay muchas personas que no se ajustan a estas categorías porque no presentan todos los criterios o presentan criterios para múltiples categorías al mismo tiempo o a lo largo del tiempo. Por tanto, el propio diagnóstico médico de un TCA resulta problemático. La buena noticia es que no necesitas tener un diagnóstico oficial para empezar a resolver tu problema. Lo importante es evaluar los comportamientos, las emociones y los patrones de pensamiento, así como el conjunto de síntomas físicos que se pueden dar en cada individuo y que no están necesariamente recogidos en una categoría diagnóstica. 

A pesar de la limitada utilidad de las categorías diagnósticas en términos de recuperación, sí que pueden tener efectos psicológicos importantes sobre los pacientes. Como mencioné antes, los diagnósticos mentales etiquetan socialmente a la persona y estas etiquetas tienden a interiorizarse pasando a formar parte de la identidad personal. Las etiquetas sociales generan expectativas sobre cómo deberíamos actuar, de manera que  la persona etiquetada puede ajustar su conducta a dichas expectativas (“profecía auto-cumplida”). Por ejemplo, cuando era adolescente me etiquetaron de “anoréxica restrictiva”. Esto aparecía en todos mis informes médicos y servía para clasificar a los pacientes en diferentes grupos terapéuticos con diferentes pautas, planes de alimentación, etc. Yo asumí esa etiqueta como propia. Yo era anoréxica, luego restringía comida y hacia cosas para anular mi ingesta. Este era mi esquema de conducta y así fue durante unos 7 años hasta que empecé con los mal llamados “atracones” y después con vómito auto-inducido. ¿Y ahora quién era? ¿En qué me había convertido? ¿Por qué mi comportamiento ya no reflejaba esa etiqueta de “anoréxica”? En aquel entonces sólo se hablaba de anorexia y bulimia, luego pensé que me había vuelto “bulímica”. Ahora tenía otra etiqueta y otro esquema de comportamiento. Una aclaración: en realidad los atracones eran hambre extrema fruto de la restricción y el déficit energético severo y crónico en el que estaba mi organismo, pero esto sólo lo entendí al investigar por mi cuenta años después.

Como sabéis, junto a los diagnósticos médicos siempre hay pronósticos más o menos certeros pero que pueden tener un impacto psicológico enorme sobre la persona con TCA y su motivación por recuperarse. Fueron incontables los profesionales que al ver mis informes médicos me dieron por “caso perdido” o “anoréxica crónica” con escasas posibilidades de salir adelante. ¿Os suena? Algunos lo decían abiertamente con una respuesta tipo “después de todos estos años eres afortunada de seguir viva y poder trabajar. La mayoría de las personas con más de 5 años de anorexia severa nunca se curan”. Otros mostraban más empatía y se abstenían de dar estadísticas sobre cronicidad, simplemente me felicitaban por todo lo que había conseguido a pesar de la enfermedad e incrédulos de que pudiera mejorar, me ponían objetivos fáciles y conformistas que de hecho ya había conseguido por mí misma como seguir un plan de XXX calorías (no las pongo porque eran ridículas) o dejar de pesarme. ¿Qué mensaje me transmitían estos profesionales? Básicamente que nunca me recuperaría, que podía mejorar un poco algunos síntomas o reducir el malestar, pero siempre estaría enferma. En definitiva, me transmitían que debía conformarme porque no se podía hacer más. Y esta losa del pronóstico me acompañó muchos años en los que viví en un estado que se conoce como falsa o cuasi-recuperación


La importancia de creer en ti para salir del TCA
Cualquier persona que investigue un poco sobre TCA puede acceder a las estadísticas sobre su prevalencia, evolución, mortalidad, etc. Si los profesionales hacen un pronóstico poco halagüeño sobre la recuperación es porque las estadísticas indican que las tasas de recuperación son bajas, la tasa de mortalidad es alta (la más alta de todos los trastornos mentales) y los tratamientos estándar son poco eficaces. El panorama puede resultar deprimente para cualquier afectado, sus seres queridos y los profesionales sanitarios. 

No obstante, me pregunto hasta qué punto esas estadísticas reflejan toda la realidad sobre la recuperación de los TCA ya que consideran sólo los casos diagnosticados que han recibido tratamiento dentro de los circuitos formales (se estima que el 75% de las personas con TCA están sin diagnosticar, hay muchas personas que no reciben ayuda profesional o reciben otros tratamientos y terminan recuperándose). Es más, desconocemos qué ocurre en muchos países donde no se hacen estudios o no hay acceso a tratamiento. Por tanto, ¡cautela con las estadísticas porque contienen muchas limitaciones! Yo misma abandoné el circuito tradicional de tratamiento antes de mi recuperación total. Entonces, ¿cómo figuro en las estadísticas, como “anoréxica crónica”? 

Más allá de las limitaciones anteriores, hay muchas preguntas sin responder: ¿Qué genera tasas de recuperación tan bajas? ¿Es realmente un TCA tan complejo de tratar? ¿Son los tratamientos estándar que no funcionan? ¿Son los sistemas sanitarios que carecen de recursos adecuados para toda la población afectada? ¿Son los profesionales que carecen de la formación adecuada? ¿Es la investigación que es insuficiente o sesgada? ¿Podrían los tratamientos en sí actuar como factores de mantenimiento del trastorno? No me malinterpretéis, no culpo a profesionales individuales de las bajas tasas de recuperación; de hecho creo que la mayoría hacen lo que pueden con lo que tienen y les han enseñado en las facultades. Yo apunto más a la escasez de investigación y de recursos de tratamiento y apoyo, así como a los programas formativos y enfoques de tratamiento repletos de cultura de dieta, gordofobia y estigma de peso. Creo que estos factores están dejando atrás a mucha gente que pone sus esperanzas en un tratamiento que con demasiada frecuencia no funciona. Así que dejemos de culpar a los pacientes por ser resistentes al tratamiento o no querer cooperar y empecemos a buscar la responsabilidad en otros lugares que nada tienen que ver con la intencionalidad del paciente. 

En cualquier caso, esta es la situación real de los TCA: estadísticas poco esperanzadoras y tratamientos poco efectivos. Pero ¿sabes una cosa? Hay algo que lo puede cambiar todo, que puede dar la vuelta a esos números y sacarte de la odiosa casilla de “crónico”. Y ese algo sí está bajo tu control: creer en ti mismo. Creer que puedes liberarte de tu TCA, sin importar tu edad o años de evolución con el trastorno, confiar en tus propias capacidades para salir adelante, confiar en que tu cuerpo haga su trabajo, confiar en que puedes hacer cambios en tu conducta y mantenerlos, creer que te puedes levantar cada día y no recurrir a las conductas desordenadas que te han acompañado durante años, creer que mereces comer de todo y en la cantidad que necesite tu cuerpo. Cuando me preguntan qué cambió en mí para que todo cambiara, siempre respondo: la certeza de que podía recuperarme de verdad y la confianza en que iba a hacerlo, que iba a hacer lo que hiciera falta para hacerlo realidad. El día que me creí de verdad esto, todo empezó a cambiar. 

Este artículo lo escribí para el blog de Proyecto Princesas. Os recomiendo echar un vistazo a su web y seguirles en redes sociales. Se dedican a divulgar sobre trastornos alimentarios y ofrecen recursos de apoyo a los afectados y sus seres queridos. ¡Estoy feliz de colaborar con ellos!

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